¿Existió el teniente de Farnesio de ‘La soledad de Alcuneza’?

Por un callejón, desembocó [en la plaza] el escuadrón de Farnesio de mi amigo el teniente. Se apoyó el escuadrón a un costado de la plaza, el capitán echó pie a tierra y entró en el Ayuntamiento, dejando al mando a mi amigo. Levantóse un viento huracanado y un fuerte chaparrón barrió la plaza. Buscamos cobijo todos. Los jinetes del escuadrón se pegaban a la pared de un viejo y ruinoso palacio, que ocupaba el costado donde habían hecho alto, para resguardarse. En una esquina próxima, un canalón dejaba caer en el irregular suelo de tierra un chorro gordo de agua. El teniente de Farnesio se encaminó a la esquina y se puso debajo del chorro, el busto erguido y la cabeza alta. El chorro le calaba y le mojaba pero el teniente no se movía. Tenía ambas manos en las riendas, con los pulgares mirando a las orejas del caballo y los pies correctamente estribados. Le miró su gente, y poco a poco, como avergonzado de su comodidad fueron separándose de la pared, que muy a medias les protegía, aguantando la dura lluvía que batía los tejados y degradaba el suelo. En la destartalada plaza, daba el teniente de Farnesio con el ejemplo una lección de moral militar.

Esta descripción pertenece a la novela “La soledad de Alcuneza”, obra de Salvador García de Pruneda, publicada en Madrid en 1962. El relato es un recuerdo de las vivencias militares del autor durante la Guerra Civil (1936 – 1939), en la que combatió como oficial del escuadrón de Zapadores de la División de Caballería del bando franquista. En la novela, el ‘alter ego’ de García de Pruneda es el teniente Alcuneza, quien a lo largo de las páginas nos va presentando a otros protagonistas de la campaña, entre ellos a un teniente del Regimiento Farnesio, cuyo escuadrón forma parte del Grupo al que Alcuneza está agregado. La novela no tiene ninguna referencia temporal, apenas alguna para poder ubicar las acciones que describe y ningún nombre propio con el que identificar a los protagonistas. Entre ellos, destaca el teniente de Farnesio, del que siempre habla Alcuneza en términos elogiosos, como paradigma del soldado de Caballería, de esa Caballería (a caballo) que en la contienda está ya desapareciendo para siempre.

La soledad de Alcuneza
La soledad de Alcuneza

En ocasiones, en algunas charlas en el Regimiento, salía alguna vez a colación la novela y la pregunta evidente: ¿quién sería el teniente de Farnesio? Así que hace unos meses, me decidí a tratar de responder, a poner nombre a ese teniente de Farnesio que, con el ejemplo, daba una lección de moral militar.

De la lectura de la novela, se desprenden varias conclusiones para centrar al personaje. De unos 40 años, natural de la provincia de Valladolid, que toda su vida ha estado en Farnesio, donde empezó de soldado. En la Guerra Civil, ha participado en las batallas del Jarama y de Brunete… Sin embargo, hay otros datos que no concuerdan; por ejemplo, dice haber sido testigo del desastre de Annual -el Regimiento no estuvo en esa trágica ocasión-; o una escenas de combates en el sur de Salamanca, teatro en el que no combatieron los escuadrones 1º y 4º de Farnesio, que son los que participaron en las batallas antes mencionadas. Quizás, empecé a sospechar, el teniente de Farnesio no es alguien en concreto, sino un personaje ficticio construido sobre varios reales.

Caballería

El Farnesio de hoy día se pone manos a la obra, y tras una metódica investigación -¡que Dios se lo pague a los dos amigos del Farnesio que la llevaron a cabo!- de las listas de revista de la Guerra Civil, me proporciona una relación de nombres de los oficiales que formaron parte de ambos escuadrones, 1º y 4º, durante la Guerra Civil. Y con esa lista, y previa autorización, me presento un día en la sala de estudio del Archivo General Militar de Segovia para revisar las hojas de servicio de esos oficiales. Y en efecto, ninguno cumple con todos los requisitos: uno había entrado de soldado, pero no era de Valladolid. Otro era de Valladolid, pero había estado destinado en más regimientos. Otro era de Valladolid, había hecho toda la Guerra en Farnesio, pero en un escuadrón de depósito en Aragón…

Alcazar Segovia
El alcázar de Segovia es la sede del Archivo General Militar.

Tengo que reorientar la investigación por otro “eje de progresión”. Gracias a las redes sociales, consigo localizar y ponerme en contacto con un nieto de Salvador García de Pruneda, quien comunica mi petición de ayuda a su padre, también Salvador García de Pruneda, a quien le hago la consulta.

Teniente de Zapadores

Don Salvador, muy amablemente, se pone a mi disposición para tratar de desentrañar el misterio. Se ofrece a revisar la documentación que guarda de su padre; y unos días más tarde, por correo electrónico, me da la respuesta. En efecto, el teniente existió pero no era de Farnesio, sino de zapadores, se llamaba José Utrilla Utrilla. Y en las notas de García de Pruneda, figura la siguiente mención: “Un teniente del Regimiento de Farnesio que conocí una madrugada en el frente del Segre (octubre 1938). Algunas veces, las mas, don Jesús Utrilla Utrilla, natural de Ruguilla, partido judicial de Cifuentes, provincia de Guadalajara. De profesión guarnicionero; se quedó en el Ejército cuando le tocó servir y acabó sus días como comandante de Ingenieros, procedente de tropa. Espejo de virtudes castrenses, de amor al servicio y de entusiasmo por el oficio de las armas. Tiene un rico anecdotario que un día pienso utilizar. Serví con él en el 1er Regimiento de ingenieros donde le conocí íntimamente. Era sargento en Guadalajara cuando yo era niño.

Regimiento Farnesio

En la hoja de servicio de Jesús Utrilla, figura en efecto que comenzó como soldado y alcanzó el empleo de comandante en el Arma de Ingenieros. Fallecido en 1948, consta que tenía el valor acreditado, mucha aplicación y capacidad, buena conducta, mucha puntualidad en el servicio y buena salud.

Por el mismo camino que habíamos traído llegaron a poco dos escuadrones de Farnesio, a cuya retaguardia debía marchar mi sección. Sus caballos, escasos de carnes y pletóricos de barro iban rebasando la masía a buen paso de andadura. Cabalgaban los jinetes en buen orden y sosiego, ambas manos en las riendas, con los espinazos algo encorvados. Los sables traían barro hasta la empuñadura y notábase a primera vista que, sin darles tiempo a nada, habían emprendido los dos escuadrones la marcha inmediatamente después de haber llegado su relevo a la línea. Pasaron delante de nosotros con una grave apostura que la sencillez de sus arreos, cubiertos de lodo, acentuaba más. Casi todos los caballos eran castaño oscuro y sobre aquella masa ocre de uniformes, corceles y barro, sólo se destacaba el azul celeste de un estandarte en el que campeaba la roja cruz de Santiago sobre unas lanzas de plata. Al lado de su capitán, venía el teniente de Farnesio que aquella madrugada había tenido el encuentro singular con el legionario desertor. Erguido en su silla, con militar tesitura y triste mirada, me saludó y me ofreció un trago de vino de una bota que traía. El sol se ponía detrás de unos lejanos surcos.

Reseña de la novela: “La soledad de Alcuneza. Historia de espuela y de espada”.

 

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