Uniforme del Regimiento Farnesio, 6º de Caballería (1793 – 1796)

En 1793, el Regimiento Farnesio, 6º de Caballería parte hacia la frontera de Francia para tomar parte en la “Guerra contra la Convención”, el régimen político nacido de la Revolución de 1789.

En ese mismo año 1793, se había aprobado un nuevo reglamento de uniformidad, por el que el Regimiento vestía de la siguiente manera:

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A la derecha, jinete del Regimiento Farnesio, con el uniforme reglamentario de 1793. Del libro “El Ejército y la Armada”, de Manuel Giménez González
  • Sombrero de dos puntas, con galón y presilla amarillos
  • Corbatín de paño negro
  • Casaca larga encarnada con divisa blanca
  • Cuello vuelto blanco, y solapas blancas sin ojales y cerradas hasta la mita del pecho
  • Chupa y calzón de ante
  • Bocabotines blancos y bota alta de cuero negro
  • Espuelas de espiga recta y estrella de ocho puntas
  • Guantes de ante con manopla flexible
  • Fornituras blancas

Como armamento, espada de hoja ancha, larga y recta, con empuñadura de hierro de taza y gavilanes, con vaina de cuero crudo y remates de hierro crudo. Como arma de fuego, carabina del modelo 1790 con llave de muelle descubierto.

Carabina 1790

Los paños de la montura del color de la divisa (blanco) con galones de plata, enseres de la misma de lienzo crudo, silla española; rendaje negro con cucardas rojas y hebillas doradas; y finalmente, bocado y estribos de hierro bruñido.

Porque es…

Hoy, 7 de marzo, el Regimiento cumple años, 369 nada menos, desde que se fundase en Flandes en 1649. Hoy es un día importante:

Porque es el Regimiento más antiguo de la Caballería española.

Caballo

Porque es el Regimiento que derrotó a los austriacos en Milazzo en 1718.

Porque es el Regimiento que primero entró en combate con los franceses en la victoria de Bailén en 1808.

Porque es el Regimiento que capturó una bandera a los marroquíes allá en Tetuán en 1860.

Cartuchera

Porque es el Regimiento que primero entró en la triste posición de Monte Arruit en 1921.

Porque es el Regimiento del que el zar Nicolás II fue coronel honorario.

Porque es el Regimiento en el que mejor charosca se sirve.

Guion

Porque somos soldados de la España grande, en cuyas tierras no se puso el sol.

Porque es… ¡y está!

“Tendré el orgullo de manifestar que murió con gloria en los campos de Tetuán defendiendo a su reina y a su patria”

Siguiendo con la Guerra de África, en el libro ‘Crónica de la Guerra de África’, de Emilio Castelar, Francisco de Paula Canalejas, Gregorio Cruzada Villaamil y Miguel Morayta se publicaba entre las noticias de la campaña, esta misiva del padre de un soldado de nuestro Regimiento Lanceros de Farnesio, 5º de Caballería, dirigida al coronel del Regimiento:

Augusto Ferrer-Dalmau
© Augusto Ferrer-Dalmau

Señor coronel del regimiento de Farnesio, quinto de Caballería, primero de Lanceros. África.- Muy señor mío y de todo mi respeto:

Espero será V.S. tan amable que me dispensará al tener la osadía de molestarle; pero teniendo un hijo en el tercer escuadrón de su respectivo mando, que con el mayor placer mío está blandiendo la lanza contra las huestes musulmanas y al lado de su valiente y aguerrido coronel, el que con tanta bravura, decisión y arrojo cargó dichas huestes por varias y reiteradas veces, siendo el asombro y el terror de los agarenos, llenando de gloria nuestras armas españolas y el reinado de nuestra escelsa reina Isabel II.

Mi hijo Juan Martín, que, como le dije a V.S., se halla en el tercer escuadrón, hace mes y medio que no tengo noticias de si es vivo o muerto, pues desde la batalla del 1º de enero no he vuelto a saber nada de él, y espero de su bondad se sirva (si es vivo) decirle que escriba a su padre, y si es muerto tendrá V.S. la bondad de participármelo: que si bien es cierto que al amor de padre es natural el sentimiento y desgracia de un hijo, no por eso crea V.S. me arredraré: sí, lo sentiría, como que es un hijo de mis entrañas; pero al menos tendré el orgullo de manifestar que murió con gloria en los campos de Tetuán defendiendo a su reina y a su Patria, vilmente ultrajada por esos caribes africanos.

Tengo setenta y cuatro años, y si llegase el caso, me vería V.S. ocupar el puesto vacante de mi querido hijo (dado caso fuera muerto), y acometer a la morisma con tanto ardor y arrojo como pudiera hacerlo un joven de veinticinco años; pues aunque sexagenario, corre por mis venas la sangre española, la sangre de los Cides y Pelayos, y ayudado de mis pocas fuerzas, tendría el honor de contribuir a la realización del testamento de la augusta reina Isabel I para ayudar a su cumplimiento a nuestra soberana Isabel II.

Creo, señor coronel, será V.S. tan amable que me contestará lo más pronto que le sea posible, pues si V.S. tiene hijos y están ausentes, puede echar una ojeada y ver lo que padecerán al no saber de su señor padre.

Con este motivo, etc.- Alejo Martín, Cantalapiedra 14 de febrero de 1860.

Apenas leyó este patriótico y sentido escrito el marqués de Casa-Alta, a quien iba dirigido, contestó al desconsolado padre diciéndole que su hijo Juan Martín, no sólo continuaba en el mejor estado de salud, sino que se había portado tan bravamente que estaba propuesto para una cruz.”

Acción de ‘La estrella’ – 23 de enero de 1860

1860.- “El veintitrés del mismo mes, tomaron parte en la acción que tuvo lugar con los moros en la defensa del reducto “La estrella” en la que un batallón de Cantabria se vio obligado a formar el cuadro. Entonces, cargó Farnesio persiguiendo y lanceando al enemigo. Así recorrieron todo el llano que los moros abandonan, apartándose del batallón de Cantabria. Un lancero se presenta entonces al valeroso y esforzado brigadier Don Francisco Romero Palomeque, que capitaneó esta bizarrísima carga, y le entrega un estandarte azul que ha tomado a la Caballería mora, dando muerte al que lo llevaba y  a varios más. ¿Cuál era el nombre de tan heroico lancero de Farnesio? Pedro Castillo, quien fue condecorado en aquel mismo instante con la cruz de San Fernando con la pensión vitalicia de dos reales diarios.” (Historial del regimiento Farnesio)

En efecto, hoy se cumplen 158 años de aquella carga en los llanos de Tetuán, durante la Guerra de África (1859 – 1860), en la que los dos escuadrones de nuestro Regimiento, al galope de carga, logran salvar al batallón de cazadores de Cantabria, que se halla formado en cuadro para defenderse de la Caballería del sultán.

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“Acción del 23 de enero de 1860”. © Biblioteca Nacional de España

Otro día te contaré la historia de nuestro héroe Pedro Castillo Ramírez, el lancero que le arrebató el estandarte (era amarillo, y no azul como recoge el historial de nuestro Regimiento) al moro enemigo. Pero ahora quería darte algún detalle de esta acción, a la que el gran Augusto Ferrer-Dalmau ha dedicado uno de sus óleos.

Lo primero es situar el combate, que según las crónicas de la época, se desarrolla en una zona pantanosa a las afueras de Tetuán, cerca de la desembocadura del río Negro, que era la vanguardia del despliegue español. Comparando las descripciones con la orografía de hoy, debe de tratarse de los terrenos sobre los que hoy día se asienta el aeropuerto de Tetuán y sus alrededores.

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Las fuerzas españolas se hallan afanadas en la construcción de un reducto, llamado de La Estrella, cuando al mediodía son atacadas por grandes contingentes de Infantería y Caballería del Sultán Muley Al Abbas. En su protección, avanzan fuerzas recién desembarcadas de la División del general Ríos, que pronto se ven comprometidas en terreno pantanoso, un auténtico lodazal. En refuerzo, Ríos envía al batallón de Cazadores de Cantabria, que termina adelantado y sobre el que cae el grueso de la fuerza enemiga.

Formar el cuadro

Cantabria se ve forzado a formar el cuadro para defenderse de la Caballería enemiga. El general Leopoldo O’Donnell, que manda todo el Ejército de África, se da cuenta de lo apurado de la situación y envía todas las fuerzas que tiene en reserva para resolver la situación. Éstas son los escuadrones 1º y 2º de Farnesio, uno de Cazadores de La Albuera y la propia escolta de guardias civiles del general.

El combate es algo confuso, y existen diversas narraciones sobre él. Yo reproduzco aquí algunas notas que aparecen en el libro “La coronal de laurel”, de Manuel Ibo Alfaro (1861): “En el momento en el que el fuego se desplegaba más nutrido, se comunicó al regimiento de Farnesio la orden de cargar contra el enemigo en defensa del heroico cuadro de Ríos: el intrépido brigadier Romero Palomeque que dio las voces de mando con una energía fascinadora; y aquellos aguerridos escuadrones se lanzaron a la laguna.

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Detalle del cuadro “La carga del Farnesio (1860)”, del pintor Augusto Ferrer-Dalmau

¡Qué horror! La laguna era profunda y cenagosa, era insuperable para la caballería, iba a convertirse en la inmensa sepultura de cien y cien valientes campeones; pero a ellos… ¿qué les importa morir? Su General lo manda, la patria lo necesita; la muerte terrenal es la vida de los héroes…

[…] Como los moros no creían que los españoles pudieran nunca atravesar el pantano, se quedaron sorprendidos al encontrarse con la caballería encima; y como los valientes soldados de Farnesio iban abrasados de furor, no aguardaron a que se reunieran los escuadrones, sino que a medida que salían de la alguna y pisaban terreno firme, aplicaban la espuela al caballo, enristraban la afilada lanza, y cada uno descargaba su encono en el primer musulmán que encontraba.

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Detalle del cuadro “La carga del Farnesio (1860)”, del pintor Augusto Ferrer-Dalmau

Es en esta situación, a la salida de la laguna, cuando Pedro Castillo divisa en su cercanía al abanderado marroquí, al que acompaña otro jinete de escolta; y al galope se lanza contra ellos. Tras ensartar al abanderado con su lanza, y deshacerse de la escolta, se apodera de la bandera amarilla, que presenta al finalizar el combate al brigadier Palomeque y éste, a su vez, al general O’Donnell. El general en jefe del Ejército de África impone a Pedro Castillo allí mismo la cruz sencilla, de 2ª clase, de la Orden de San Fernando. Dado que el combate se da el día de San Ildefonso, onomástica del Príncipe de Asturias -futuro Alfonso XII-, el Ejército de África ofrece la capturada bandera a la reina Isabel II como presente para su hijo. La bandera queda depositada durante años en la basílica de Atocha, y en la actualidad forma parte de los fondos custodiados en el Museo del Ejército de Toledo, no estando expuesta al público.

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Bandera mora tomada por el lancero Pedro Castillo Ramírez en la acción del 23 de enero de 1860. Se conserva entre los fondos del Museo del Ejército de Toledo.

La acción del 23 de enero se salda con un oficial y siete de tropa muertos entre las fuerzas españolas. El oficial, precisamente, del Regimiento Farnesio: el teniente Andrés Seoane, quien muere tras recibir un disparo de espingarda en la cabeza mientras perseguía a unos jinetes durante las cargas.

 

 

 

Uniforme del Regimiento Farnesio, 4º de Caballería (1848)

El 20 de junio de 1848, nuestro Regimiento vuelve a crearse, con su antigüedad de 1649, tras haber sido disuelto junto con el resto del Ejército, tras el triunfo de las intrigas del rey Fernando VII que pusieron fin en 1823 al conocido como ‘Trienio Liberal’.

Jinete del Regimiento de Numancia, 14º de Caballería 14 cm ancho
Lancero con el uniforme de 1847. © Augusto Ferrer-Dalmau

En esta entrada, te presento un nuevo uniforme de los vestidos por el Regimiento a lo largo de su historia; en este caso, precisamente, el que le corresponde en el momento de su renacimiento, reglamentario desde 1847 para los cuerpos de Lanceros. Y que consiste en:

  • Chacó negro, algo más ancho por la parte superior, con cinta de estambre carmesí, bombilla, presilla, escudo coronado de armas reales y plumero pequeño de cerda blanca
  • Mascarón y carrilleras de latón dorado
  • Forrajera de estambre carmesí
  • Casaquilla verde botella, con faldones abiertos
  • Cuello de color carmesí, con el número del Regimiento (4) bordado
  • Solapa postiza, vueltas y barras carmesíes
  • Pantalón gris marengo con refuerzos de lo mismo, y tira carmesí
  • Media bota gris marengo
  • En las monturas, caparazón -schabrás-  de paño verde con franja carmesí

Por lo que hace al aspecto, la tropa debe usar bigote, que no debe dejarse crecer más que hasta las comisuras de los labios; y los oficiales pueden dejarse también perilla y patillas, siempre que la primera no pase de la mitad de la distancia entre el labio inferior y la barbas; ni las segundas, sobrepasen las orejas. La barba, en cambio, está prohibida incluso para los batidores, que acostumbraban a dejársela.

"Donde muere mi caballo"
“Donde muere mi caballo, muero yo”, óleo de © Augusto Ferrer-Dalmau. Momento en el que el sargento 2º Ignacio Fernández, del Regimiento de Numancia, 14º de Caballería, se enfrenta el 14 de junio de 1848 al enemigo pie a tierra a las afueras de Melilla tras perder su caballo en combate. Viste el uniforme de lanceros de 1847

Como armamento, se emplea el sable semi-recto modelo 1841, y lanza con banderola con los colores rojo y amarillo, mientras que los tiradores van equipados con una carabina, al igual que los batidores.

Por su parte, los trompetas visten igual uniforme, aunque con los colores trocados.

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Trompeta del Regimiento de Numancia, 14º de Caballería, ante la puerta de Santiago de Melilla. © Augusto Ferrer-Dalamu

¿Existió el teniente de Farnesio de ‘La soledad de Alcuneza’?

Por un callejón, desembocó [en la plaza] el escuadrón de Farnesio de mi amigo el teniente. Se apoyó el escuadrón a un costado de la plaza, el capitán echó pie a tierra y entró en el Ayuntamiento, dejando al mando a mi amigo. Levantóse un viento huracanado y un fuerte chaparrón barrió la plaza. Buscamos cobijo todos. Los jinetes del escuadrón se pegaban a la pared de un viejo y ruinoso palacio, que ocupaba el costado donde habían hecho alto, para resguardarse. En una esquina próxima, un canalón dejaba caer en el irregular suelo de tierra un chorro gordo de agua. El teniente de Farnesio se encaminó a la esquina y se puso debajo del chorro, el busto erguido y la cabeza alta. El chorro le calaba y le mojaba pero el teniente no se movía. Tenía ambas manos en las riendas, con los pulgares mirando a las orejas del caballo y los pies correctamente estribados. Le miró su gente, y poco a poco, como avergonzado de su comodidad fueron separándose de la pared, que muy a medias les protegía, aguantando la dura lluvía que batía los tejados y degradaba el suelo. En la destartalada plaza, daba el teniente de Farnesio con el ejemplo una lección de moral militar.

Esta descripción pertenece a la novela “La soledad de Alcuneza”, obra de Salvador García de Pruneda, publicada en Madrid en 1962. El relato es un recuerdo de las vivencias militares del autor durante la Guerra Civil (1936 – 1939), en la que combatió como oficial del escuadrón de Zapadores de la División de Caballería del bando franquista. En la novela, el ‘alter ego’ de García de Pruneda es el teniente Alcuneza, quien a lo largo de las páginas nos va presentando a otros protagonistas de la campaña, entre ellos a un teniente del Regimiento Farnesio, cuyo escuadrón forma parte del Grupo al que Alcuneza está agregado. La novela no tiene ninguna referencia temporal, apenas alguna para poder ubicar las acciones que describe y ningún nombre propio con el que identificar a los protagonistas. Entre ellos, destaca el teniente de Farnesio, del que siempre habla Alcuneza en términos elogiosos, como paradigma del soldado de Caballería, de esa Caballería (a caballo) que en la contienda está ya desapareciendo para siempre.

La soledad de Alcuneza
La soledad de Alcuneza

En ocasiones, en algunas charlas en el Regimiento, salía alguna vez a colación la novela y la pregunta evidente: ¿quién sería el teniente de Farnesio? Así que hace unos meses, me decidí a tratar de responder, a poner nombre a ese teniente de Farnesio que, con el ejemplo, daba una lección de moral militar.

De la lectura de la novela, se desprenden varias conclusiones para centrar al personaje. De unos 40 años, natural de la provincia de Valladolid, que toda su vida ha estado en Farnesio, donde empezó de soldado. En la Guerra Civil, ha participado en las batallas del Jarama y de Brunete… Sin embargo, hay otros datos que no concuerdan; por ejemplo, dice haber sido testigo del desastre de Annual -el Regimiento no estuvo en esa trágica ocasión-; o una escenas de combates en el sur de Salamanca, teatro en el que no combatieron los escuadrones 1º y 4º de Farnesio, que son los que participaron en las batallas antes mencionadas. Quizás, empecé a sospechar, el teniente de Farnesio no es alguien en concreto, sino un personaje ficticio construido sobre varios reales.

Caballería

El Farnesio de hoy día se pone manos a la obra, y tras una metódica investigación -¡que Dios se lo pague a los dos amigos del Farnesio que la llevaron a cabo!- de las listas de revista de la Guerra Civil, me proporciona una relación de nombres de los oficiales que formaron parte de ambos escuadrones, 1º y 4º, durante la Guerra Civil. Y con esa lista, y previa autorización, me presento un día en la sala de estudio del Archivo General Militar de Segovia para revisar las hojas de servicio de esos oficiales. Y en efecto, ninguno cumple con todos los requisitos: uno había entrado de soldado, pero no era de Valladolid. Otro era de Valladolid, pero había estado destinado en más regimientos. Otro era de Valladolid, había hecho toda la Guerra en Farnesio, pero en un escuadrón de depósito en Aragón…

Alcazar Segovia
El alcázar de Segovia es la sede del Archivo General Militar.

Tengo que reorientar la investigación por otro “eje de progresión”. Gracias a las redes sociales, consigo localizar y ponerme en contacto con un nieto de Salvador García de Pruneda, quien comunica mi petición de ayuda a su padre, también Salvador García de Pruneda, a quien le hago la consulta.

Teniente de Zapadores

Don Salvador, muy amablemente, se pone a mi disposición para tratar de desentrañar el misterio. Se ofrece a revisar la documentación que guarda de su padre; y unos días más tarde, por correo electrónico, me da la respuesta. En efecto, el teniente existió pero no era de Farnesio, sino de zapadores, se llamaba José Utrilla Utrilla. Y en las notas de García de Pruneda, figura la siguiente mención: “Un teniente del Regimiento de Farnesio que conocí una madrugada en el frente del Segre (octubre 1938). Algunas veces, las mas, don Jesús Utrilla Utrilla, natural de Ruguilla, partido judicial de Cifuentes, provincia de Guadalajara. De profesión guarnicionero; se quedó en el Ejército cuando le tocó servir y acabó sus días como comandante de Ingenieros, procedente de tropa. Espejo de virtudes castrenses, de amor al servicio y de entusiasmo por el oficio de las armas. Tiene un rico anecdotario que un día pienso utilizar. Serví con él en el 1er Regimiento de ingenieros donde le conocí íntimamente. Era sargento en Guadalajara cuando yo era niño.

Regimiento Farnesio

En la hoja de servicio de Jesús Utrilla, figura en efecto que comenzó como soldado y alcanzó el empleo de comandante en el Arma de Ingenieros. Fallecido en 1948, consta que tenía el valor acreditado, mucha aplicación y capacidad, buena conducta, mucha puntualidad en el servicio y buena salud.

Por el mismo camino que habíamos traído llegaron a poco dos escuadrones de Farnesio, a cuya retaguardia debía marchar mi sección. Sus caballos, escasos de carnes y pletóricos de barro iban rebasando la masía a buen paso de andadura. Cabalgaban los jinetes en buen orden y sosiego, ambas manos en las riendas, con los espinazos algo encorvados. Los sables traían barro hasta la empuñadura y notábase a primera vista que, sin darles tiempo a nada, habían emprendido los dos escuadrones la marcha inmediatamente después de haber llegado su relevo a la línea. Pasaron delante de nosotros con una grave apostura que la sencillez de sus arreos, cubiertos de lodo, acentuaba más. Casi todos los caballos eran castaño oscuro y sobre aquella masa ocre de uniformes, corceles y barro, sólo se destacaba el azul celeste de un estandarte en el que campeaba la roja cruz de Santiago sobre unas lanzas de plata. Al lado de su capitán, venía el teniente de Farnesio que aquella madrugada había tenido el encuentro singular con el legionario desertor. Erguido en su silla, con militar tesitura y triste mirada, me saludó y me ofreció un trago de vino de una bota que traía. El sol se ponía detrás de unos lejanos surcos.

Reseña de la novela: “La soledad de Alcuneza. Historia de espuela y de espada”.

 

Ejercicio “LAGEX 2017” – San Gregorio (Zaragoza)

Jueves, seis menos diez de la madrugada. En Salamanca, donde estudia, David vuelve a casa después de una noche de fiesta. A esa misma hora, en Elche Juan Andrés prepara un nuevo biberón para su pequeño, hoy ha tocado noche toledana. En Soria, Patricia y Fernando duermen por fin en casa tras su viaje de una semana por Rumanía con ‘El Club de los 60’. Marta, en Guadalajara, termina de darse un toquecito de maquillaje en los pómulos antes de salir a coger el tren que le llevará a su trabajo en Madrid. Y en Badajoz,  Hakim sigue aún repasando temas para la oposición. Todos ellos viven bajo las estrellas del mismo cielo, en el mismo territorio y con la tranquilidad de saberse protegidos, incluso sin saberlo.

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Revisando el Centauro para que todo esté a punto. © Carlos Molero

Porque a esa misma hora, en medio de la noche, en un lugar remoto de Zaragoza, azotado por un viento gélido que no da tregua, Héctor, Luismi, Alberto, Sonia, Cris, Álvaro… hace rato que, un día más, están ya en marcha, ocupando sus posiciones frente a un enemigo imaginario, para repetir de nuevo procedimientos, tácticas, movimientos que engrasen la máquina que garantiza la seguridad de los españoles.

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El amanecer nos trae la incertidumbre del nuevo día, desplegados en una línea de posiciones en las “Casas Altas del Castellar”. © Carlos Molero

El lugar es un paraje conocido como “Casas Altas del Castellar”, en el Centro Nacional de Adiestramiento “San Gregorio”; el viento se llama cierzo y es la pesadilla invisible que se cuela a esta hora -y todas las horas- en esta inhóspita llanura de 33.000 hectáreas, antiguas tierras de pastoreo. Y allí desplegada, en “Casas Altas del Castellar”, está la máquina, el Grupo de Caballería “Santiago” I/12, el elemento de maniobra de nuestro Regimiento.

Ejercicio “LAGEX 17” de la Brigada Galicia VII

Pero no estamos solos. Si uno sobrevolase el campo de maniobras, encontraría por aquí y por allá a los zapadores, los batallones de infantes, la Artillería, el Grupo Logístico y el Cuartel General de nuestra Brigada, la “Galicia” VII, que entre el 5 y el 14 de noviembre ejecuta el ejercicio “LAGEX 17”.

Quizás Hakim, Marta, Fernando, Patricia, Juan Andrés o David no sepan muy bien, o no lo sepan en absoluto, qué supone “jugar a la guerra” durante nueve días, nueve días -uno tras otro- en los que el viento no deja de soplar, con una fuerza tal que los meteorólogos avisan, nivel amarillo, pues temen que se dispare hasta los 70 kilómetros por hora. Y de eso parece vanagloriarse ese vanidoso invisible, que te empuja, te rodea, se te mete en las entrañas, lo llena todo de polvo y tierra, azota metódicamente tu tienda de campaña por la noche, te arroja encima las lonas para que te golpeen mientras intentas dormir, obliga al matorral a inclinarse una y otra vez a tu paso; por todas partes, allá donde mires en ese infinito campo desolado, aliagas, tomillos, romeros te saludan como peleles empujados por el viento, y a ratos, parece incluso que el chaparral se carcajea de ti.

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En las “Casas Bajas del Castellar”, preparados ya para empezar con las actividades de día. © Carlos Molero

Y el viento es, digamos, la guinda del pastel que ya, hace cientos de años, describió en uno de sus momentos de lucidez el ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha en su “curioso discurso de las letras y las armas”: Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con solo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche para restaurarse de todas estas incomodidades en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha: que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas.

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“Adelante, jinetes de Farnesio, altas las frenes y alto el corazón”. © Carlos Molero

Son nueve días -uno tras otro- de comer en algún momento, quizás bajo la lona de la tienda comedor, quizás al amparo de un mísero chozo de pastor derruido en medio de ninguna parte, con frío y viento. De añorar el agua caliente, de intentar ducharse en algún momento. De subir y bajar de los vehículos acorazados, de moverte de acá para allá no importa la hora del día o de la noche, de dormir cuando sea posible, de tratar de solucionar mil y una averías que surgen un día tras otro, pues los “caballos”, los pobres, ya están mayores y tienen sus achaques. Y es que hay que hacer más con menos, ésa es la consigna. Quizás con más presupuesto… Sí, pero San Gregorio está muy lejos de los oídos que podrían atender esas palabras, el viento es muy fuerte y, por qué no decirlo, ni David, ni Patricia, ni Juan Andrés, Marta o Hakim, que no saben lo que aquí se hace, verían probablemente con buenos ojos invertir más presupuesto en la máquina que garantiza su seguridad, habiendo como hay otras necesidades, que es esa especie de mantra que todo lo aparca.

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Al caer la tarde, siempre hay un momento para recordar a quienes nos precedieron en el servicio a España. © Carlos Molero

¿Y cómo consigue uno sobrevivir tan en precario? ¿De dónde sale la comida que a uno le sirven en la bandeja?¿Qué pasa con el combustible?¿Cómo se puede reparar la mecánica de un monstruo de decenas de toneladas de acero en medio de la nada?¿Y si uno cae enfermo, sufre un accidente, se tuerce un tobillo o se rompe una muñeca? Para eso está el Escuadrón de Plana Mayor y Servicios, que tiene preparado el comedor para que, cuando vuelvan de sus misiones, los jinetes de los escuadrones ligeros acorazados puedan sentarse a comer; que mantiene el taller de mantenimiento -el segundo escalón en la jerga- ‘non stop’ 24/7 para que puedan salir al día siguiente con sus vehículos, que se encarga de la asistencia sanitaria, que garantiza el enlace radio. Y como además es responsable de la protección del puesto de mando, pues se apunta en esta ocasión el tanto de realizar con éxito el primer disparo del nuevo misil contracarro ‘Spike’.

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VRCC-105 “Centauro” del Regimiento, junto a la “Caseta de Curdi”, momentos antes de iniciar un ejercicio de tiro en el asentamiento de “Tres Poyetes”. © Carlos Molero

Pero si Plana Mayor y Servicios está que no para, los dos escuadrones ligeros acorazados tampoco están holgazaneando, ni mucho menos, que a San Gregorio no hemos venido a pasar los días sin más. Tiro de mortero, tiro con las armas de dotación de los vehículos acorazados: cañón de 105 mm. del Centauro, cañón de 25 mm. del VEC, ametralladoras de 7,62 mm., lanzadores fumígenos… Durante un par de horas, en el asentamiento de ‘Tres poyetes’ se suceden las detonaciones, el tableteo de las armas automáticas, las entradas y salidas de posición de los VEC y los Centauro.

Y despliegues de líneas de posiciones, zonas de reunión, zonas de espera, pasos de línea a vanguardia, cruce de brechas… piezas del catálogo de misiones que tienen asignadas los hombres y mujeres que, dentro de nuestro Ejército, lucen en el parche las lanzas y los sables. Y esperas, muchas esperas, porque como dicen los guerreros viejos, la guerra es un 95 por ciento de espera y un cinco por ciento de tiros.

En el ‘poblado afgano’

Hay, además, visita VIP, nada menos que el general jefe de la Fuerza Terrestre, que viene a comprobar de primera mano el nivel de adiestramiento de la Brigada. Así que nos vamos al ‘poblado afgano’, el polígono de combate en población levantado en las “Casas Altas del Castellar”, donde al parecer la insurgencia, o los rebeldes, o los terroristas, o el enemigo -póngale el nombre que prefiera- se ha hecho fuerte, y va a haber que sacarlo de ahí, tiene toda la pinta de que por las malas.

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Pelotón de Caballería de nuestro Regimiento proporciona apoyo a una sección de Infantería que progresa por el polígono de combate en población -el ‘Poblado afgano-‘ en un ejercicio ejecutado ante el teniente general jefe de la Fuerza Terrestre, el FUTER Juan Gómez de Salazar. Por cierto, a esto se le denomina DVD: Distinguished Visitor Display. © Carlos Molero

De ello se va a encargar una sección de Infantería del batallón “Zamora”, apoyada en proximidad por un pelotón del Farnesio, con dos Vehículos de Exploración de Caballería. Nuestro grupo táctico permanece en anillo alrededor del poblado, un cerco que evite la huida del ‘enemigo’. Con los vehículos acorazados desplegados en desenfilada de torre, se sigue con atención cada movimiento en el poblado. Nos acompañan equipos OFA (observadores de fuegos aéreos) de Artillería, que se encuentran agregados al grupo, y en algún momento se les hará saltar a pista, cuando el rival se ponga cabezón y haya que ablandarlo.

Y así es, serpenteando a ras de suelo, no tardan en dejarse ver a retaguardia de nuestro despliegue dos helicópteros de ataque Tigre de las Fuerzas Aeromóviles del Ejército de Tierra, nos sobrepasan como una exhalación y se lanzan en vuelo imposible sobre las casas del poblado, todas ellas tan iguales de forma y color que es difícil orientarse. Aunque bien pensado, de eso se trata, de hacer que las cosas, en los ejercicios, sean difíciles. ¿Cómo era aquello que decía el general Patton? “Una pinta de sudor te ahorra un galón de sangre”.

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Durante el tema ejecutado ante el general de la Fuerza Terrestre en el polígono de combate en población, intervienen helicópteros Tigre de las Fuerzas Aeromóviles del Ejército de Tierra (FAMET). © Carlos Molero

“Valquiria para Lince, endex, endex”. El final del ejercicio se recibe con júbilo, tras más de siete horas rodando por el campo, y nos lleva en un repliegue en columna por una vaguada hasta el vivac en “Casas Bajas del Castellar”, unos minutos colmados de todo lo que uno pueda asociar con el concepto de la Caballería: velocidad, movimiento, viento, sol, polvo, arena, ruido, potencia… Hasta un águila real parece querer unirse a este escuadrón de acero y nos sobrevuela con su amenazadora silueta.

Conseguir que todo esto funcione requiere de paciencia, planificación, dosis de flexibilidad para adaptarse con rapidez a los cambios de programación de actividades que se van produciendo sobre la marcha. Eso supone que a todo este ir y venir se añadan reuniones de coordinación con el cuartel general de la Brigada, exposiciones de los temas tácticos que se ejecutarán en las próximas horas, diarios sitrep -puntos de situación- en los que se informa del estado de la Unidad -cuánta gente estamos, dónde y qué se come mañana, cuánto combustible hace falta, plan de actividades, a quién se ha evacuado al hospital-,  de las modificaciones en previsiones, horarios, despliegues… y de la previsión meteorológico, que anuncia que al huracán de la Caballería le va a seguir haciendo sombra el maldito cierzo hasta que el Regimiento vuelva, algún día de éstos, a la Base Militar “El Empecinado” tras concluir el LAGEX 2017.