De patrulla Balmis por el camino que conduce al final de la Tierra

El nombre de Santiago es una evocación familiar para cualquier soldado de Caballería. El mayor de los hermanos Zebedeo, los “hijos del trueno”, la tiene bajo el manto de su patronazgo desde 1846. Aunque bien es cierto que el ímpetu y la fogosidad del apóstol que predicó en Hispania acompaña a los guerreros de esta tierra desde tiempos que se pierden en la memoria, hunde sus raíces en época de guerras contra los sarracenos, de leyendas y de sueños premonitorios, de combates fronterizos.

Alrededor de Santiago el Mayor, de su enterramiento en tierras gallegas, allá en el fin del mundo llamado Finisterre, y del arca marmórea con sus restos que -cuenta la historia, o la leyenda- descubrió el obispo de Iria Flavia, Teodomiro, después de que un ermitaño, de nombre Pelayo, le informase del avistamiento de unas extrañas luces en el mítico bosque Libredón, se sembró la semilla de un camino de peregrinaje para reforzar la cristiandad frente al evidente peligro musulmán, cuyas huestes en aquellos días se enseñoreaban de España.

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© Carlos Molero

Aquellas fabulosas luces, el campo de estrellas que hoy día apellida a la ciudad de Santiago, y aquellos sorprendentes hallazgos del siglo IX se convirtieron en relatos que primero se difundieron por tradición oral y más tarde se imprimieron -como dicen en el clásico El hombre que mató a Liberty Valance, “cuando la leyenda se convierte en hecho, hay que imprimir la leyenda-”, hasta que con el paso de los años, la semilla germinó en una vía de peregrinación que en todo el orbe se conoce como Camino de Santiago, o Ruta Jacobea, reforzada por bulas, indulgencias y jubileos. Y es a lo largo de un tramo de esa ruta por donde despliega una de las patrullas que la agrupación táctica “Farnesio” tiene empeñadas hoy en la operación Balmis, con la que las Fuerzas Armadas colaboran en la epidemia del coronavirus.

El camino vio un declive en el siglo XIV, años en los que la peste negra asoló Europa e hizo desaparecer a los peregrinos que se dirigían al “finis terrae”. Hoy diríase que la historia se repite, pues la maldita pandemia ha convertido la ruta jacobea en un lugar solitario, en cuyo horizonte no se recorta ahora la figura enjuta y encorvada de ningún caminante que, a buen paso, avanza anhelante hacia el oeste. Ni se oye ninguna plegaria, ninguna imprecación, ningún lamento, ninguna pisada que, a ritmo constante, resbala sobre la grava del camino.

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© Carlos Molero

Hoy, en cambio, la naturaleza anuncia que la primavera se abre paso con el esplendor del verde del cereal, del amarillo de la colza y de los lirios, del ocre de los campos ya sembrados, del azul de un cielo cegador y del blanco de unos cúmulos gigantescos, infinitos, que al tiempo que crecen en tamaño, viran al grisáceo de la tormenta que ya se advierte, y que descargará con toda su fuerza en unas horas. En otro tiempo y en otro lugar, unos guerreros a caballo sin igual como los mongoles, estarían a esas horas acobardados dentro de sus yurtas, temerosos de los ruidos del cielo, que ellos atribuían a la ira de su dios, Tengrit, enfadado un día más con sus criaturas.

Y esa naturaleza exuberante y voluptuosa, como el cuerpo siempre juvenil del amado, como el abrazo que insinúa las delicias de la amada, parece estar al alcance de los dedos con solo bajar el cristal de las ventanillas de los vehículos de estos guerreros a caballo del siglo XXI que ya se aproximan a Carrión de los Condes, en la provincia de Palencia. Y aunque las armas reposan bien custodiadas en la base militar “El Empecinado”, a las afueras de Valladolid, y no hay ningún enemigo visible al que batir, el estilo y la manera de hacer las cosas a lo militar lo domina todo. “De Muñeco para toda la malla, interrogo para control”, transmite el manchego Antonio, que va al frente de la patrulla. Esa es la manera militar de decir lo que, en el mundo civil, cualquiera resolvería con un más prosaico “¿qué tal me oís?”

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Y así todo. Orden, planeamiento, previsión, “hasta para ir a la compra o buscar una novia”, describe con sorna el oficial. Militares 24/7, que se toman muy en serio estas misiones de la operación Balmis, y que consisten fundamentalmente en hacer presencia en miles de localidades del territorio nacional para que la población perciba que sus Fuerzas Armadas están cerca por si precisan de ayuda; y también para recordar las normas de comportamiento que hay que seguir en tiempo de estado de alarma y de confinamiento de la población. Y siempre en colaboración con las fuerzas de seguridad.

Y como tal misión, se ejecuta al estilo militar, con sus órdenes de operaciones transmitidas por la cadena de mando, con sus órdenes complementarias -que en jerga se llaman FRAGO-, sus indicativos de radio, su planeamiento, sus horas de movimiento, rutas, puntos susceptibles de observación, el nombre y teléfono del alcalde de cada población con el que contactar para recabar información y necesidades…

El tributo de las cien doncellas

La patrulla echa pie a tierra en la plaza de Santa María del Camino, en el centro de Carrión de los Condes. El lugar, que en una primavera normal estaría sumergido en el bullicio de los peregrinos que se arremolinarían bajo el pórtico de su iglesia románica, amanece ahora casi desierto. Quizás alguno de esos peregrinos, de rasgos orientales o de habla germánica, haya reparado en algún momento en los capiteles de la puerta sur, en los que los expertos creen ver una representación del milagro de las cien doncellas, otra de esas leyendas envuelta en las nieblas del medievo, y que cuenta que, de aquel centenar de mujeres, las cuatro doncellas que a la villa le tocaba pagar en tributo a las huestes mahometanas salvaron su vida tras rezar a la Virgen y surgir de manera milagrosa cuatro toros que pusieron en fuga a los musulmanes.

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© Carlos Molero

Ese tributo de las cien doncellas y la negativa a pagarlo por parte de otro rey, Ramiro I de Asturias, están en el origen de otro mito, el de la victoria cristiana en la batalla de Clavijo gracias a la intercesión de Santiago el hijo del trueno, quien a lomos de un caballo blanco acometió a las fuerzas del emir Abderramán hasta derrotarlas. De ese mito, nace la invocación guerrera: “¡¡Santiago y cierra, España!!” La misma con que concluye el himno de la Caballería, y que estos jóvenes militares que se aprestan a patrullar por la villa entonan con vigor y orgullo cada 25 de julio.

La presencia de los jinetes de la BRILAT despierta a esta hora de la mañana miradas de curiosidad, un gesto silencioso de agradecimiento de algún paisano, un “buenos días” musitado bajo una mascarilla… En la Plaza de los Caídos, varias mujeres que aguardan en un comercio de alimentación se arrancan en un aplauso espontáneo al paso de la patrulla. Al agradecimiento se une también un pequeño desde el balcón con reja de forja de su casa. El niño parece contar ya las horas antes de poder, por fin, pisar la calle y echar a correr de nuevo. Antonio, nuestro manchego de Farnesio, les devuelve de palabra el cariño: “¡Venga, ánimo, que lo están haciendo muy bien!” Hace unos cuantos siglos, allá por 1340 o así, un vecino ilustre de la villa de Carrión, el rabí Sem Tob ya dejaría escrito en sus Proverbios morales lo que esos aplausos hoy reconocen: “Non hay tan buen tesoro, como el bien facer, ni tan precioso oro, ni tan dulce placer”.

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© Carlos Molero

En la Plaza Mayor, frente al edificio del Ayuntamiento cuyas banderas ondean a media asta, el friso de la iglesia de Santiago -¡cómo no!- se sostiene sobre una arquivolta adornada por figuras que representan los distintos gremios que laboraban en la ciudad. Es una joya del arte románico que evoca el esplendoroso pasado de la villa, como lo es todo el templo, incluido el friso que transporta a quien lo contempla a la Jerusalén celeste mencionada en el Apocalipsis de Juan. De los anhelos y las incertidumbres del Carrión de hoy día, con los pies en la tierra, le habla sin embargo a Antonio el alcalde, José Manuel, en la plaza, mientras la vida cotidiana intenta desperezarse en medio de este largo confinamiento. Un vecino que pasea a su perro, una buena mujer que hace cola en la puerta de la farmacia, aquel otro que, asomado al balcón de su casa, asiste a la escena y saluda al cabo de Caballería que, bajo su ventana, permanece en actitud vigilante.

La patrulla se concentra de nuevo en la plaza de Santa María, en la que se dan novedades del servicio y nuevas instrucciones. Uno de los suboficiales menciona un par de situaciones en las que han tenido que recordar a algún “despistado” las normas de seguridad. Cada vez menos sorprendido y sí más hastiado, desgrana los argumentos ya tantas veces escuchados en respuesta a sus requerimientos de no pasear en pareja por la calle, o no hacer la compra en familia: “que hasta ahora no nos ha pasado nada” o “pues es que no me había enterado”. – “Han pasado cuarenta días, ¡y todavía no se han enterado! No sé en qué mundo viven algunas personas”, concluye antes de abordar los vehículos para trasladarse hasta Osorno, a unos treinta kilómetros.

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© Carlos Molero

Y desde luego que recorrer esos treinta kilómetros por la carretera nacional 120 completamente desierta, que discurre en paralelo con una autovía -bautizada como Camino de Santiago- no más concurrida; atravesar algún pequeño pueblo en el que no se atisba ningún signo de vida, y dejar atrás, con los kilómetros, la silueta de una chimenea en ladrillo medio desvencijada de una fábrica ni sabe cuándo abandonada, de cuya mampostería se ha apoderado ya hace tiempo la vegetación, supone traer a la mente la visión apocalíptica de la nueva Jerusalén.

Para el oficial y los dos cabos que forman la tripulación del todoterreno, en cambio, esa visión de la carretera vacía les trae recuerdos más cercanos, duraderos e inolvidables, que me cuentan. El estado de alarma se declaró en todo el territorio nacional mientras ellos se encontraban de maniobras en San Gregorio, a las afueras de Zaragoza, bastante desconectados de la realidad. Y solo comenzaron a ser conscientes de lo que estaba ocurriendo al regresar a “El Empecinado” por autovías sin tráfico y con áreas de servicio cerradas al público.

¿Patrullar o desinfectar?

Me asalta la duda de que será más agradable, o más interesante, o más cómodo para ellos: una patrulla de este tipo o la desinfección de residencias de ancianos, como han estado haciendo también estas semanas. Me sacan de dudas. En resumen, el servicio no se presta porque sea más o menos agradable. Para ellos, de condición militar, la comodidad del servicio es lo de menos. Y coinciden en que les satisface más desinfectar, a pesar de que, para hacerlo, hayan de vestirse con sus equipos de protección individual, los EPI, diseñados para combatir en un ambiente nuclear, radiológico, bacteriológico o químico. Por encima de la comodidad, está el ayudar a la gente y el poder comprobar, sentir de cerca el agradecimiento de personas, ancianas en su mayoría, que han vivido con aprensión y con miedo los primeros días de la epidemia.

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© Carlos Molero

En Osorno, el punto de encuentro es la casa de la cultura, junto a la iglesia de la Asunción. Ahí, la alcaldesa, María, pone a disposición de los militares del Farnesio una sala para que puedan comer y atender a sus necesidades básicas… El lugar es modesto, castellano, pero es de agradecer la hospitalidad, y que los jinetes tengan al menos un techo bajo el que cobijarse y una silla en la que descansar. La charla con la alcaldesa es distendida, e insiste encarecidamente en que está a disposición de la patrulla para lo que precisen.

Fuera, en la plaza, los jinetes, cabos y soldados del Regimiento Farnesio, aguardan a comenzar el movimiento. Es curiosa la manera en que se han dispuesto sobre el lugar, controlando los cuatro puntos cardinales, tal y como desplegarían la seguridad en cualquier zona de espera. Aquí en Osorno, se percibe mucho menos movimiento aún que en Carrión. Alguna mirada inquisitiva que se desliza desde detrás de una persiana, el aplauso mudo de un conductor, que desde el interior de su vehículo, saluda a los militares mientras se pierde calle arriba, camino de la plaza Abilio Calderón. De nuevo, la mirada curiosa de un niño desde una ventana que responde, tímido, al gesto de cariño que le dedica uno de los soldados.

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Si uno consulta los datos disponibles sobre la incidencia de la epidemia por aquí, comprueba que la zona básica de salud de Osorno atiende a unos 2.600 pacientes; y de ellos, tan solo once son casos confirmados de coronavirus. Y aún así, parece claro que sus vecinos se toman en serio las medidas de seguridad. El ritmo de vida este sábado por la mañana de primavera, con sol y temperatura ideal para disfrutar, está al ralentí.

Se escucha el silencio, al que ahuyenta el tañido de una campana y el crotoreo de la cigüeña que desde su nido en la torre de la iglesia, contempla o tal vez vigila a los azores dorados que lucen las boinas de estos soldados de la Caballería de la Brigada “Galicia” VII, y que tiene precisamente en esa rapaz su emblema. Luego, con una cierta indolencia y la elegancia de un vuelo perfecto, se lanza al vacío y se aleja mientras sobrevuela los tejados de alrededor.

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© Carlos Molero

También la patrulla, poco a poco, se va desvaneciendo mientras avanza con parsimonia en la soledad de la Plaza de la Iglesia. Otra rapaz -esta sí de carne y hueso-, un milano real, flota vigilante sobre sus cabezas allá arriba, entre el cielo y el suelo. Las sombras de los jinetes se proyectan sobre una plaza en la que tres enormes peluches descansan, inertes, sobre otros tantos bancos metálicos, contemplados por los ojos sin vida de la escultura en bronce con la que el palentino Sergio García rinde homenaje a los cofrades de la Semana Santa osornense. Un penitente de oscuro metal que carga con su cruz, enorme, y que se convierte en el centro de una escena que podría servir de inspiración al apocalipsis de un nuevo “águila de Patmos”.

 

 

 

 

 

 

 

Dragones en la Operación Balmis

Dragón: soldado que hacía el servicio alternativamente a pie o a caballo. (Diccionario de la RAE)

“¡¡¡Sois los mejoreeeeeesss!!!” El estrafalario ciclista levanta el brazo izquierdo con el puño cerrado mientras sigue pedaleando, ante la severa mirada del poeta José Zorrilla, que inmóvil desde su pedestal, parece observarlo. La mirada severa más bien se intuye, ya que el bronce de la estatua amanece hoy más oscuro aún a causa de este cielo plomizo y metálico que avisa de una jornada de agua. Nuestro peculiar Contador parece ahora lanzar una diatriba contra el orbe a voz en grito mientras sigue pedaleando, y su voz rápidamente se va perdiendo calle abajo, igual que el casco gris con el que protege su bullidora testa, ése que se difumina sobre el gris de las fachadas, gris que compite en grisura con el cielo gris de la mañana.

Es otro gris el de la carrocería del vehículo camuflado de la Policía que acaba de detenerse a nuestro lado, como grises -en este caso, gris ceniza- son las boinas de los militares del Regimiento Farnesio que, un día más, se despliegan por Valladolid dentro de la denominada Operación Balmis; ya sabes, la que ha puesto en marcha el Estado Mayor de la Defensa para colaborar con las autoridades civiles en la pandemia declarada a causa del coronavirus.

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©Carlos Molero

Esas mismas boinas, en las que contrasta sobre el gris el dorado de un metálico azor en vuelo, las están viendo a esta misma hora los vecinos de Oviedo, de Gijón, de Valdés -en Luarca-, los habitantes de Orense, de Pontevedra y de Carballiño. Porque a esta hora, un día más, las unidades que forman la Brigada “Galicia” VII, la BRILAT de toda la vida, están ya sobre el terreno. No sólo los jinetes del Farnesio, también los infantes del Príncipe y del Isabel La Católica, los artilleros del GACA, los zapadores, los logísticos, el cuartel general… A todos ellos les une esa boina gris, el azor con la cruz de Borgoña de su emblema, y una norma de conducta en forma de decálogo, alguno de cuyos preceptos se proclama a los cuatro vientos antes de salir a la misión: “Seré abnegado, cumpliré con ejemplaridad mi deber”.

Como tantas otras unidades militares, el regimiento divide sus esfuerzos en dos cometidos fundamentales: desinfección de residencias de ancianos, y presencia en las calles para verificar que se cumple la limitación de la libertad de circulación de las personas a la que se refiere el artículo 7 del real decreto que declaraba al estado de alarma el 15 de marzo. Y a esa labor se consagra la patrulla designada hoy, al mando del cerverano Diego, de 43 años, un ya veterano con quince de servicio en el Farnesio.

Operación Balmis
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Hoy es un día distinto, tras dos semanas de parón de actividad en lo que el Gobierno de España definió en aquel momento como un “permiso retribuido recuperable”. Y los militares del Farnesio, que llevan desinfectando y patrullando prácticamente todos los días desde el 19 de marzo, notan que hay más movimiento en la calle: más personas que caminan, más vehículos que circulan. Nada que ver con el desolador aspecto que el Paseo de Zorrilla presentaba hace unos días, el domingo en el que Jesús Antonio, vallisoletano de 32 años con 13 de ellos de vida farnesiana en la mochila, tuvo el privilegio -por denominarlo de alguna manera- de caminar por sus más de cuatro kilómetros sin que ningún vehículo circulase por la calzada.

“¿Y qué más cosas distintas notáis estos días?”, pregunto. Que hay más pájaros, señala David. O que el ambiente semeja a un holocausto zombi, bromea por su parte Armando, también vallisoletano, 35 años, que va ya para cinco en el regimiento, y quien presume, con razón, de la capacidad que tiene el Ejército de poder funcionar prácticamente de manera autónoma en cualquier situación; y de su capacidad para planear cualquier misión siempre tomando, como punto de partida, el peor de los escenarios.

Educados en la disciplina

Se les nota que tienen ganas de participar, de ayudar en todo lo que se pueda. Y se les nota también que viven con intensidad y responsabilidad la situación excepcional por la que atraviesa la nación. Por eso, tuercen el gesto al ver tanto ir y venir de turismo, tanto peatón de acá para allá. Cada uno desgrana los pequeños hábitos de vida que ha abandonado, las renuncias que afronta en estos días de incertidumbre, y que se impone a sí mismo porque, como hombres educados en la disciplina, así lo recomienda, así lo ordena el Gobierno por el bien de todos.

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Diego, que también es de Valladolid, tiene 33 años y lleva ocho en el regimiento. Y ocho, el de marzo, es el último día que vio a su mujer; y de eso hace ya casi cuarenta días. David, el de los pájaros, que es otro vallisoletano de 37 años con mucha “mili” en Farnesio -15 años nada menos- tiene a su mujer embarazada, de siete meses. Lleva a rajatabla las medidas de aislamiento en su casa a las afueras de Valladolid. Porque no se perdonaría jamás que, por un descuido suyo, algo le ocurriese a ella o al bebé que a punto está de llegar. El granadino David, 31 años, es por el contrario el más moderno en Farnesio, en el que lleva destinado un poco más de un año (“lo pedí por eso de estar en el regimiento de Caballería más antiguo de Europa”) y tiene asumido que pasarán semanas, o incluso meses, antes de que pueda, de nuevo, volver a abrazar a sus padres allí en Andalucía.

Ellos coinciden en que, en general, los españoles respetan la restricción de movimiento impuesta por el estado de alarma; más en las ciudades y pueblos pequeños que en las localidades de tamaño medio. Y enumeran las situaciones llamativas o los incumplimientos de los que han sido testigos en estos días, y por los que se ven obligados a avisar a las Fuerzas de Seguridad del Estado para la correspondiente propuesta de sanción que éstas elevan ante las subdelegaciones del Gobierno: un bar abierto aquí, un tipo que iba a comprar el pan en un monociclo allá, el peculiar significado que alguno le da a eso de pasear a su perro, el señor mayor que muestra su indiferencia por morirse, de coronavirus o de lo que sea, sin ser consciente de que lo puede propagar a su alrededor…

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De patrulla por el centro de la ciudad, no tardan los jinetes del Farnesio en toparse con la primera situación incómoda. Un vecino que se dirige a hacer la compra en un supermercado situado a más de dos kilómetros de su domicilio. En unos minutos, la escena volverá a repetirse, con un joven quien, tras comprar el pan en la panadería de siempre, se dirige también al super. En ambos casos, el incumplimiento del confinamiento se resuelve tras la identificación de los dos por agentes del Cuerpo Nacional de Policía y la correspondiente “receta”. Al final, queda un poso un tanto agridulce, pues da la impresión de que en ninguno de los dos haya mala intención. Pero como me insiste David, el granadino, para conseguir el resultado apetecido, hay que ser implacable. Y que hay muchas personas que aún no son realmente conscientes de la gravedad de lo que está ocurriendo.

Resulta curioso observar los gestos de sorpresa de los peatones, o directamente los respingos, cuando se ven sacados de su ensimismamiento por estos jóvenes que visten de verde como la retama o el tomillo, el romero o el pino, un verde salpicado por decenas de manchas pixeladas en marrón, en negro, en gris, en pistacho… con su brazalete de agentes de la autoridad, sus trinchas y sus ademanes, que mezclan cortesía con decisión. No hay que olvidar que estos son soldados de Caballería, y que en ellos es seña de identidad la iniciativa y el carácter “ofensivo”: no esperes a que vengan, ve tú a por ellos.

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Pasada la sorpresa inicial, y comprobado que todo está en orden, bajo las mascarillas o en el arqueo de cejas se percibe un gesto de alivio en el autónomo que va a la oficina, en la pobre mujer que se acerca a la farmacia preocupada por la receta, en el parado que vuelve a casa con la esperanza del final feliz a su recién terminada entrevista de trabajo. Ese mismo que, instantes antes, ha hecho ademán de enseñarle al vallisoletano Alejandro, el benjamín de la patrulla con sus 23 años, de los que casi dos los ha pasado ya en Farnesio, el justificante de su cita en el móvil. Y en muchas ocasiones, hay una palabra de agradecimiento y de ánimo para los militares. Un invisible sentimiento de compartir un destino común, de enfrentar el mismo desafío igual de invisible.

La patrulla, de la que también forma parte otro vallisoletano, José María, de 29 años y dos de servicio en la Caballería de Farnesio, continúa su lento avance por las calles de Valladolid, atenta a cualquier indicio que les haga sospechar que el confinamiento no se está respetando. Se les ve metódicos y ordenados, en paralelo por las dos aceras de la calle, tal y como avanzarían con sus vehículos de combate en una progresión por el corral de Matías, allá en el campo de maniobras de San Gregorio (Zaragoza), del que hace poco más de un mes volvieron para sumergirse, casi sin hacer alto, en la operación Balmis.

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© Carlos Molero

Ellos, jinetes que se adiestran para el combate, para la guerra, conocen mejor que nadie los estragos que puede causar el caballo rojo del Apocalipsis, porque muchos los han visto de cerca. Por eso, se sonríen y guardan silencio cuando les pregunto si estamos en una guerra. Quizás esas comparaciones bélicas de estos días, que machaconamente se escuchan en portavoces y medios de comunicación, formen parte del espectáculo de los tiempos actuales; o tal vez incluso de la banalización de la realidad.

De ella trata de despegarse David, el futuro padre, cuando lanza una reflexión al aire, sin destinatario concreto, con la vista perdida -intuyo- en otra estatua, en este caso la del héroe griego Ganímedes, que sobre un águila con alas desplegadas, vigila el centro de la ciudad desde lo alto de la cúpula del antiguo edificio de la Unión y el Fénix. Ante la encarnación del mito de la eterna juventud que representa el joven griego que se adivina allá en lo alto, la terrible realidad sobre nuestra tierra: los miles de muertos de los que se habla no son solo números, son personas que perdemos, se lamenta el bueno de David.

Misión en El Líbano

Marjaayoun, la “pradera de las fuentes”, es un pequeño enclave, de unos 3.000 habitantes, situado en el sur de El Líbano, a poco más de diez kilómetros de la frontera con Israel. Tierra sacudida desde la oscuridad de los tiempos por el devenir de la Historia, si uno mira hacia el oeste, a unos pocos kilómetros se topa con los restos del castillo cruzado de Beaufort; si, por el contrario, vuelve su vista hacia el este, cabe la posibilidad de vislumbrar en la lejanía, 25 kilómetros nada menos, el perfil del monte Hermón, también frontera entre El Líbano e Israel, y del que se afirma que puede ser el lugar en el que se produjo la transfiguración de Jesús de Nazaret.

Allí, en Marjaayoun, se encuentra la base “Miguel de Cervantes”, cuartel general de la Brigada Multinacional Este, bajo mando español, de la conocida como Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para El Líbano, la UNIFIL en sus siglas inglesas. Desplegada en la frontera entre ambos países desde 1978, vio un fortalecimiento en su contingente y sus cometidos en 2006 tras el cese de hostilidades entre Israel y la milicia chií libanesa Hizbollah.

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Foto © Ejército de Tierra

La UNIFIL tiene dividida su zona de responsabilidad en dos sectores, Este y Oeste, quedando bajo mando español el primero; y bajo mando italiano, el segundo. Las misiones que ejecuta el sector Este quedan en manos de los cuatro batallones que conforman la brigada multinacional: uno indonesio, uno indio, uno español y uno nepalí. Además, y entre otras unidades, el sector dispone de una unidad de Caballería, que desde hoy está formada por un escuadrón del Regimiento “Farnesio”.

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Mapa del despliegue de la UNIFIL

Para el Regimiento, es la décima ocasión de desplegar allá, en Oriente Medio, como “cascos azules”. Esta vez, en el seno de la Brigada Líbano XXX, la BRILIB XXX, cuyo grueso está constituido por distintas unidades de la Brigada “Galicia” VII y que hoy mismo ha comenzado su misión, tras el acto de transferencia de mando (la conocida como TOA) con su predecesora, la Brigada “Aragón”.

¿A qué se dedica el escuadrón de Farnesio dentro del área de responsabilidad de la Brigada Multinacional Este? Pues la misión principal es constituir la reserva del mando en todo el sector español. “Si surge una incidencia, se encarga de ella la patrulla más cercana, o la reserva de cada batallón. Si la situación se descontrola, termina por irse de las manos o si el mando directamente así lo decide por las circunstancias, entonces salimos nosotros”, explica Armando Zancajo (Valladolid, 1985), capitán del escuadrón de Caballería de la BRILIB XXX. Hay que tener en cuenta que es el escuadrón, con sus Vehículos de Exploración de Caballería (VEC), quien proporciona la mayor potencia de fuego de todas las unidades del sector Este.

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Acto de despedida al escuadrón de la BRILIB XXX en la Base Militar “El Empecinado”, en Santovenia de Pisuerga (Valladolid). Foto © Javier Lazagabáster / RC “Farnesio” 12

Si se activa la denominada ‘Task Force Alfa’, se desplegaría la Caballería de Farnesio,  junto con elementos de apoyo (Sanidad, Transmisiones, desactivación… e incluso una unidad de control de masas -CRC- del Ejército serbio, integrada dentro del batallón español)

Esa multinacionalidad es otro elemento atrayente de la misión, lo que tiene sus cosas buenas -“encontrarte con compañeros de otros países, ver cómo trabajan otros ejércitos, teniendo en cuenta además que no se envía a cualquiera, que son gente muy buena y muy preparada”, y sus inconvenientes. Aunque quizás el principal y casi único de estos últimos sea el idioma.

UNIFIL XXX
Foto © Ejército de Tierra

El comienzo oficial hoy de la misión supone, lógicamente, el final de la fase de preparación. Son casi seis meses en los que el personal del escuadrón ha tenido que afrontar un periodo intenso de instrucción, primero individual y en los dos meses finales, colectivo como unidad de Caballería y más tarde, dentro de la Brigada. En esos meses, cada jinete del escuadrón se pone al día en su cometido: conducción, tiro… pero también se le somete a prácticas, temas, situaciones que se dan en la zona de operaciones y a las que han de saber responder con firmeza y decisión. Esto último no es sencillo, ni mucho menos, teniendo en cuenta que la misión UNIFIL despliega en el epicentro de la que, hoy por hoy, es la zona más conflictiva del mundo, en la que un pequeño incidente puede terminar en un enfrentamiento de consecuencias imprevisibles.

Balonmano
El capitán Zancajo (2d), junto a integrantes del escuadrón del Regimiento, en el homenaje que les rindió el Recoletas Atlético Valladolid de balonmano días antes de partir hacia El Líbano. Foto © Recoletas Atlético Valladolid

“Hay allí una calma tensa, nuestro trabajo es evitar que cualquier cosa que parece inofensiva, termine por desencadenar una incidencia muchísimo mayor, y eso entiendo que es una responsabilidad enorme”, insiste el capitán Zancajo. “Pero no hablo solo de un asunto entre cualquiera de las dos partes, sino también una actuación nuestra que pueda dar lugar a un malentendido. En eso, por ejemplo, se ha insistido mucho en la fase de preparación, con charlas, con prácticas, con simulaciones, con análisis de incidencias ocurridas anteriormente…”

¿Y qué anima a un joven en la treintena, que ya ha estado en Afganistán como instructor en una brigada del Ejército afgano, a cambiar por seis meses la rutina y la comodidad de lo cotidiano en Valladolid por una misión de este tipo? Armando sonríe y no lo duda: “Ahora mismo, la de El Líbano es la única misión de Caballería que puede mandar un capitán. Vas con tu escuadrón, y con los vehículos específicos de Caballería.”

Algunos enlaces de interés.-